Ese sentarse cogiéndose los piés.... ese morderse las uñas.... ese sonarse de algunos haciendo el cohete, aplicando el dedo á un costado de la nariz; esa salivacion de negro tabaco y esos alientos que se soportan cuando el no smokin parece exigir la más escrupulosa pulcritud, todo eso que existe y que no ví en Gilmore's hacen que el sexo feo suela tener mucho de feo, por más que nos queramos hacer imparciales.
—A mí me caen en gracia, me decia uno de los amigos, las trasformaciones del jardin. Allí donde acaba de cantar la Galimberti, se hacian hace poco exhibiciones ecuestres, y donde está la gruta se encontraban las jaulas de las fieras. Hace pocas noches, perfectamente entablonado este suelo, nos daba el triste espectáculo del Carnaval extemporáneo, y ahora le ve vd. con praditos, plantas, arbustos y macetas, convertido en jardin.
Esas cuadras que parecen subterráneos, convertidas en bar-rooms ahora, las atravesaban los caballos, y la caballeriza es en este momento restaurant; mañana será club por la noche, y por la mañana, templo.
La orquesta, que al decir de los inteligentes es bastante buena, enmudeció á las once de la noche.
Ni un ruido en la calle, ni en las banquetas transeuntes, ni en los aires gritos. Es el famoso dia consagrado al silencio religioso. La prensa enmudece, el tráfico descansa, las ventanas duermen: se ve á lo léjos un dandy rezagado, una lady apresurada, como que se ha escapado de una prision. La autoridad del domingo puritano se impone, y se siente en el aire la resurreccion de los tiempos del Dios de Savahot.
El placer no es simplemente escándalo, sino escándalo sacrílego.
Y no obstante, esta es una ciudad en que brotan los alemanes como hongos, en que los franceses arman gresca, y en que españoles, hispano-americanos, rusos, húngaros, japoneses y chinos, ven con soberano desden la familia de Abraham y la escala de Jacob.
Anteriormente el domingo era como un ataque de catalepsia á la gran ciudad; todo comercio se paralizaba, los paseos permanecian desiertos, las oficinas públicas como abandonadas; en las bocacalles se echaban cadenas, se apagaba todo ruido y se solia llevar á la cárcel al que despues de las doce de la noche del sábado, se le encontraba á salto de mata.
Las cosas han cambiado: en algunas calles se nota movimiento; los templos católicos son asilo de buenos cristianos y de cristianas encantadoras; la Quinta Avenida se convierte en paseo, aunque con pretexto de ir á la iglesia, y en el Parque Central tiene desahogo la ciudad regocijada y sedienta de placer.