Las caidas de la catarata tienen la figura de una armazon de tienda de abarrotes tirada en el suelo; los cajones de la armazon los recorren las aguas, espantadas de lo horrible de su camino.

Hay planchas de mármol en algunos lugares, por donde caen caudalosas aguas.

Las estalactitas y las estalacmitas son como mamelucos y gabanes llenos de pliegues, colgados de unos palos. Era una bodega el conjunto de la gruta, que olia á melaza y sabia á lardo indigno.

De trecho en trecho, hay en el jardin-salon unas cabañas graciosas, á las que se asciende por puertas y corredores, y que son realmente palcos donde bebian Champaña jóvenes como arcángeles y caballeros elegantes.

Insistiendo en la concurrencia, asombra realmente la vulgarizacion del casimir, del paño, de la seda, de las plumas, los encajes y las joyas finas y falsas.

La señorita de mediana fortuna, esa viuda de diez y ocho años que ya conocemos, que encanta, carga con inconcebible facilidad y soltura un cuantioso equipaje, capota, paraguas, portamonedas, cinco ó seis pulseras de plata con campanitas; al costado, en su bolsillo, el pañuelo; pendiente de una cadena, colgando sobre la falda, el abanico, y así marcha y baila, sube y desciende á los ómnibus.

Alfonso, que es persona que concentra y no aventura sus juicios y trata de imponerse la imparcialidad por criterio, me decia:

—La mujer es realmente elegante y airosa, no hay motivo para tachársele de desairada y sin vida; por el contrario, su porte altivo, su soltura, su mirada dominadora, revelan su alta posicion, la dignidad de que se siente investida, la conciencia del amparo del hombre, la emancipacion.

El porte del hombre es ménos elegante; aquel pretendido dandy tiene un sombrero como un uñero; el que le sigue lleva de corbata una toalla; ese leviton que se cae, esos pantalones que hacen olas y esas actitudes, no pueden ser de buena sociedad; ni las disimula el guante, ni las encubren esas grandes cadenas y esas mancuernas como ruedas de molino.