El cuarto y quinto pisos están ocupados por oficinas de correspondencia y contabilidad.

En el sexto piso, en armazones como de botica, ó mejor dicho, como tinajeros en interminables filas, vimos las baterías ó botes que en número de diez y seis mil ochocientos funcionan en relacion con los aparatos.

El sétimo piso recibe luz por cuarenta y dos rasgadas ventanas que inundan el cuadrado y amplísimo salon de intensa claridad. Desde esa altura que domina la ciudad, se distinguen paisajes encantadores.

Vese Broklyn con su puente, que es una maravilla del mundo; Jersey City entre sus arboledas, y tras la poblacion flotante de mil naves y del bosque que forman sus mástiles, el mar encrespando sus inquietas olas.

A primera vista se ve el salon como una ciudad en miniatura, con sus calles que forman las mesas, y las alturas los estantes, nichos y eminencias del despacho de los tubos, y el registro de las líneas.

Son trescientas mesas servidas por doscientos hombres y cien lindas y elegantes señoritas.

La mayor parte de estas personas se ocupan, al frente de pequeños teclados de marfil, en pulsar sus teclas en sonatas mágicas que llevan á cientos de millas la palabra.

Todos los aparatos son del sistema moderno; la tira se enreda en una especie de copa de bronce y desenvuelve su faja con caractéres impresos, que trae viva la imágen, legible para todos, del pensamiento humano.

Unas secciones envían, otras reciben: las que reciben, despachan su telégrama por una faja que hace de conductor, se traduce, se copia, y se deposita en un tubo que desciende por mágia al despacho del primer piso.