Ya viste á Gilsey; el edificio es de hierro, con seis pisos sobre el basamento.
La portada es elevadísima, consta de veinte columnas superpuestas y cierra la portada en el quinto piso, es decir, á la altura de la segunda escalera de las torres de nuestra Catedral.
El Gran Hotel Central puede contener dos mil personas con toda la servidumbre, con holgura y con lujo.
Hoffman, de mármol blanco, con todo el refinamiento europeo, le ocupan ahora trescientas cincuenta personas.
El Hotel Metropolitano, que está inmediato á nuestro hotel, costó ochocientos mil pesos.
Ten presentes esos ciento cincuenta palacios y amuéblalos en tu mente con alfombras, vergüenza de la Persia, con paredes de cristales y de espejos, con regueros de llama en las alturas, con cuadros y estatuas, cortinajes y gasas, con sillones que chiquean, sofás que acarician, mecedoras que producen ensueños, y caloríferos y ventiladores para que el aire sea un halago que esté en espera de las sonrisas y de los suspiros del placer.
Las estancias de esos grandes hoteles se componen de un salon y una alcoba: el primero, con todo el lujo de un palacio; la alcoba, con todas las previsiones del cariño.
El colchon de resortes, la almohada discreta, el cortinaje dócil. El vaso descansando en el mármol para recibir el agua helada, la maquinita que suministra un solo fósforo sucesivamente, el baño con su tina de mármol y agua fria y caliente á toda hora, el comun inglés con agua corriente.
El hotel es una ciudad en abreviatura: el sastre, el barbero, la fonda, la cantina, el carruaje, todo está á la mano, y á la mano el telégrafo para abrazar de una mirada cuanto está pasando en todo el globo.