Pero á más del hotel existe el Boarding, término medio entre la alta y la mediana fortuna, remedo de la vida en familia, y á más del Boarding el cuarto amueblado y los mil recursos para no llamarse nadie desamparado en esta moderna Babilonia.
La vida así, se puede calcular desde veinte pesos por persona al dia, hasta ménos de un peso, sin tocar en los linderos de la pobreza.
En esta sociedad corriente y movediza que se renueva dia por dia, no hay hogar, hay estaciones, paraderos. Casas, ómnibus, albergues en que se efectúa el cosmopolitismo y forma sus mosaicos la humanidad, que tiende á fundirse.
Un hotel es un escaparate en que se da en espectáculo esa humanidad.
En un cuarto, un ruso ostenta su senda cachucha y calza sus pantuflas de piel; en el otro tararea un frances sus canciones, entre el figurin de una bailarina y el retrato de Gambetta. El vecino habanero que sigue fuma sus trabucos y cuenta sus onzas con fanfarronería. Un aleman soñoliento en el cuarto vecino, calcula frente á un tarro inmenso de cerveza las idas y venidas del yankee, que queriéndole tiznar, ha de llegar á ser su presa. Un español aplica su criterio á todo esto que ve, sin entender palabra, con su Guía de la Conversacion al frente, para que á lo mejor pida un vaso de agua en inglés, y en respuesta lo tomen del brazo para llevarlo al excusado.
Y todo esto es tan encallejonado, tan simétrico, tan de iguales proporciones en su division, que yo llevo más de un mes en el hotel, y siempre titubeo para hallar mi cuarto y me soplo de rondon á otro en que presencio inconveniencias que me pueden costar una paliza.
Las muchas comodidades, que presentan los hoteles, su extensa escala en que caben todas las fortunas, y lo apto que deja al individuo y aun á la familia para movilizarse, puede influir acaso en que aun personas que pudieran establecerse en su casa, vivan esa vida comun.
Así disertaba, escuchándome Francisco, aprobando unas veces, otras corrigiendo mis ideas, siempre haciéndome fijar en los puntos de partida de mi juicio procedente de mis hábitos, de mis años, de mis preocupaciones, que algunas veces me hacen creer á mí propio, como falta de patriotismo, el reconocer lo mucho bueno y admirable que encierra este país, y constantemente sorprendido con este gentío inmenso que todo lo inunda, lo mismo las banquetas que los almacenes, que los ómnibus, que los carros; gentío que se agrupa, que se arremolina en las bocacalles de Broadway y de las Avenidas, y que corre como impetuoso rio y salta sobre los obstáculos.
Siempre es nuevo este espectáculo y siempre sorprende esa extension de una legua de edificios gigantescos como palacios y catedrales, y esa otra corriente de carruajes en que sobresalen los blancos techos de los ómnibus, los pescantes y los cocheros de pié, como una poblacion aparte, movediza, y que se agrupa y se desparpaja en las plazas, y se escurre y culebrea conforme á los accidentes del terreno.