Pero á pesar del entretenimiento, comenzaba á rendirme: habiamos andado como treinta calles.

—Francisco, ¿adónde me llevas? Hemos andado mucho más de una legua.

—¡Para un pedacito!.... esto te aprovecha: apóyate en mi brazo.

—Creo prudente que nos volvamos.

—Si ya casi llegamos; ¿ves aquella lista de luz de colores? pues allá vamos.

—No me digas; si aquí todas son fajas, listas, estrellas, ángulos, cruces y hasta manos de luz. Las llamas de gas están en todas partes, en globos de cristal, en vasos de colores, formando árboles de luz bajo capelos, culebreando en las alturas, derramadas en los salones, brotando del suelo.

—Ya llegamos: vamos al Acuario.

En efecto, en una esquina, que á mí me pareció á muchas leguas de nuestro hotel, está situado el Acuario.

No creia que el Acuario me entretuviese, porque habia visto el de San Francisco California, y como allí se penetra inesperadamente en una galería subterránea que nos ciega, al abrirse los ojos entre cristales, con las plantas marinas y los peces sobre nuestras cabezas, la ilusion de un viaje submarino es completa.

Se entra al Acuario despues de atravesar un pasadillo lleno de plantas y de flores.