Los niños eran los dueños de la funcion: agrupados, encaramados en sus asientos, veian alegres los títeres.

Eran títeres de la tierra, sin goznes, y hablando en inglés: ¿á dónde, me decia yo, de aquel negrito valiente y de sueltas coyunturas que arma Sanquintin y acaba á puntapiés y puñadas todas las escenas? ¿y aquella Mariquita sacudida y zapateadora? ¿y aquel D. Folías que estira y encoge las narices? ¿y aquel caballo de la muerte? ¿y Juan Panadero....? ¿y sus niños, y mis hijos, y México....?

—Francisco.... Francisco.... por la madre que te parió que nos vayamos.

—Miéntras tú te divertiste en los títeres, yo he estado viendo una tremenda lucha. ¿Ves esos cangrejos con sus patas desparramadas, y esas tenazas....?

—Sí, ya veo, es espantoso.

—Acércate, verás la lucha.

Uno de esos cangrejos tenia entre sus tenazas un animalejo.... lo habia contundido, le tenia tendido, le extraia las entrañas.... aquello era horrible.... Estaba reflexionando en que esta es una simple disposicion del ministerio de la guerra de los pescados.

—En efecto, de que los más grandes devoren á los pequeños.

—Así es la humanidad, me dijo Francisco.

Salimos del Acuario.... y anda.... y anda.... y anda.... y anda, hasta que llegamos á nuestra casa: habiamos andado sesenta y ocho cuadras.... Subí en cuatro piés la escalera del hotel.