Yo voy á buscar á Facundo.... por supuesto que me entro de rondon con el del bigote.... y le digo: Excúseme, y él me despide con un resoplido.... entónces corro avergonzado.... y ¡zas!.... con la anciana del corsé.... La cosa hubiera tenido consecuencias, si no fueran conocidas mis distracciones y si no fueran tan comunes estas equivocaciones por la uniformidad en todo.... ya he dicho que todo parece hecho con molde.

Cuando en los carros de dormir tenia en las noches que abandonar mi lecho, dejaba en él por la parte exterior mi levita, mi sombrero, ó me acercaba gritando; porque ahí las equivocaciones traen aparejadas, palizas y quebrantamientos de huesos.

Algunos dias ántes de nuestro viaje, con persona despierta y despabilada, habia acontecido lo que van vdes. á oir.

Viajaba un matrimonio: tomó una seccion ó sean dos nichos, el de arriba y el de abajo, porque son nichos como los cajones de una cómoda.

El nicho de arriba se dedicó, como siempre, á la señora, por estar ménos en contacto con los transeuntes; el de abajo lo ocupó el marido.

Las señoras y señoritas americanas hacen esas ascensiones con sorprendente habilidad; entran elegantemente vestidas, con su gorrillo, su abanico, su saco de viaje.... apénas desparecen bajo la cortina, cuando al alzar los ojos se ve en la altura el túnico deshuesado, el gorrillo colgado y la sombrilla suspendida de la cadenilla del puño: la dulce mitad del género humano se desenvaina en el aire y se pone en instantes bajo las sábanas. Es cosa de mágia.

Todo estaba tranquilo en el carro; los tabiques de cortinas, débilmente alumbrados por un quinqué soñoliento, no se movian.

A cierta hora el marido comenzó á quejarse en voz baja de un dolor agudo en el vientre, de que padecia. La señora se levantó y fué al extremo del carro á preparar una cataplasma, cuya confeccion llevaba á prevencion; calentó la cataplasma en una linterna y la trajo hecha ascua, porque así se la habia ordenado el médico á su doliente esposo.

Volvió á oscuras casi, levantó la cortina, alzó la camisa al paciente y le dejó ir la cataplasma ardiendo.... oyó entónces un bufido atroz.... corrió espantada.... se desató bajo la cortina una tempestad de picardías.... La pobre señora se habia equivocado, y á un yankee que dormia tranquilo, le habia tostado la boca del estómago con la cataplasma, con lo que estaba frenético; la señora permaneció retraída no sé cuántas horas miéntras pasó la tempestad....

Es comun en uno de esos carros, y aun en los hoteles, que se encuentre uno en su cama un adjunto que le resuelle al oido.... Vd. se pone en guardia.... el invasor le calma, y hay escenas en paños menores, de lo más divertidas.