Aunque hombre de 73 años, M. Gayarré es robusto y expedito, camina con desembarazo y á primera vista cualquiera le tendria por hombre de 50 años á lo más.

Es de mediana estatura nuestro nuevo conocido, moreno, de alisada furia, y pelo y barba entrecanos, habla perfectamente en frances, no obstante que ejercita mucho más el idioma inglés; sus maneras de hombre distinguido, se ajustan perfectamente con su palabra, aunque fácil, reflexiva y pausada; apénas se hace creible que un hombre entregado á los estudios sérios, que revelan sus escritos y su conversacion, haya podido escribir la tremenda sátira que encierra su comedia.

Despues de algunas horas de muy agradable conversacion, en que me confirmé en la idea que tenia de M. Gayarré, es decir, de un literato notable y de un distinguido caballero, recibí de sus manos la comedia que iba á ser objeto de mi estudio.

Por fortuna mia, cuando me entregaba con mayor ahinco á ese trabajo, M. Claudio Jannet, con objeto muy distinto del mio, habia traducido varios trozos de M. Gayarré, que yo traduzco á mi vez y aplico á mis apuntaciones, para dar idea de lo que por aquí se llaman los Politicyans, ó como si nosotros dijésemos, los politiqueros.

En 1814, se puso en escena la comedia de M. Gayarré.

"Vamos á reproducir, dice Jannet, la escena capital de la Escuela de los politiqueros, aquella en que el autor pone en presencia de los viejos y consumados políticos Lovedale, Gammon, Turncoat, Trimsail, el gobernador saliente de la Luisiana, y un neófito de la política, Randolfo, su candidato para las funciones de gobernador, á quien éstos dan la leccion y les dictan sus condiciones:

Randolfo.—¿Han sondeado vdes. al pueblo en lo que hace relacion á mi candidatura?

Lovedale.—¡Qué candor! ¿qué demonios tiene que ver el pueblo en estas cosas? El pueblo solo se ocupa en estas materias para aprobar lo que nosotros sus conductores decidimos; gracias á nuestra organizacion de partido, hacemos la cosa de modo que nadie resista nuestros mandatos soberanos: el pueblo, ¿qué más quiere? solo tiene que aprobar los candidatos que nosotros elegimos. Se le sirve el plato caliente y humeando: no hay más remedio que tragarlo como está.

Randolfo.—¡Vd. me asombra!

Lovedale.—En dos palabras, hé aquí todo lo que vd. tiene que hacer: en primer lugar, comprar lo más barato posible algunos periódicos de los más influentes en todo el país, asegurándose ántes, como es debido, de la prensa de Nueva-Orleans. Ya se entiende que uno de estos periódicos, con toda independencia, comenzará por seros hostil y que sostendrá los títulos de cualquiera de vuestros rivales; pero lo defenderá de manera que lo pierda: con esto, y con que se mantenga cualquier otro periódico independiente, la cosa es hecha.