La mayor parte de las calles son poco más anchas que las de la Alcaicería, con sus dos hileras de balcones salientes y tejados negruzcos y de feo aspecto: las calles cercanas al canal están bien enlosadas; pero las banquetas de otras muchas calles, son de ladrillo quebrado y fallo en largos trechos.

A los lados de la calle corren caños pestilentes obstruidos por basuras, papeles, despojos de las fondas y cuanta inmundicia puede imaginarse.

Pero como incrustadas en esas huroneras, como embutidas en ese infierno de suciedades y de mugres, aparecen casas, con sus cercados de fierro, sus jardines preciosos, sus limpias fuentes, sus corredores con enredaderas, macetas y jaulas, que tienen seductora belleza; pero en el confin de ese barrio, es decir, al tocar la espalda del mercado, domina el Josafá de todas las fibras de pita, de todos los cartílagos de cuero, de todos los nervios de cordon y de todas las osamentas de fierro, de palo, de cuerno y de piedra, que compusieron el cuerpo social.

Desde el fango que se confunde con el agua, hasta el que verdeguea y hace arco-íris; desde el tizne que sombrea los perfiles de las casas, hasta el que forma vaina y como corteza al cuerpo humano; desde el intestino de ave que hace rúbrica en el suelo, hasta el cadáver de gato hinchado de vientre y vuelto el rostro al sol, con los ojos vidriosos, sacando agudos dientes, todo se encuentra en ese barrio, en donde, como absurda interrupcion, se tiende á trechos amplia y hermosa banqueta, cuelgan sobre los muros cortinajes deliciosos de enredaderas, y se ven entre los fierros estancias realmente opulentas.

A la puerta de esos pequeños palacios en que las ventanas dan á la calle, disputan esos manojos de negros, que ruborizan por su fealdad al cerdo, á la tortuga y á la lagartija.

Como he dicho, Quintero vive en la calle de Dumain, entre una colonia de italianos disputadores y bravos, herreros, carpinteros, sastres y no sé cuántas gentes más.

Aquellas italianas de los alrededores de su casa me horripilaban; altas, de ojos desafiadores y tremendos, con unos pañuelos colorados en la cabeza, dejando escapar mechones como víboras, y unos zapatos que son la mutilacion de la bota, la fanfarronería del huarache, la ruina del botin, la florescencia del pellejo humano, que convierte en enigma dónde está el pié y dónde principia el cuero.

La casita de Quintero es preciosa, mejor dicho, Quintero habita la parte superior de una casa cubana en que brilla el aseo y el mujerío, á la usanza de nuestra tierra.

Amplio salon con sillones de brocatel, espejos y alfombras, recámaras elegantes, comedor amplísimo.