Estaba al mediar la noche, cuando la oscuridad y el silencio de la calle nos advirtió que era hora de separarnos.

La familia á que me refiero me llenó de favores, formó la familia querida de mi corazon; era alivio de mis penas, y al hacerme admirar la virtud y la decencia que en ella resplandecen, servia de bálsamo á las abiertas heridas de mi pecho.

Los chicos espiaban mi llegada y jamás tuvieron compañero más complaciente ni consultor más experto para sus trompos y papelotes; con Federico hablaba de política y comercio, y con las señoras de cuanto me ocurria, saltando de las modas á los mercados, y de éstos á los templos y á los teatros.

Angelita era mi culto poético; aquella naturaleza vaporosa flotaba, por decirlo así, en mis cantos, é iluminaba la niebla de su existencia pronta á desvanecerse en el éter, con furtivos rayos de oro de una alegría que hacia llorar, porque eran los rayos de oro que deja escapar sobre los lagos de Occidente el sol que espira.

Perdonen mis lectores esta digresion impertinente; era para mí imposible no dejar en el altar de mis recuerdos algunas flores para esa familia, que supo conquistarse un lugar tan distinguido en mi corazon.

La familia á que me refiero queria que todo lo mejor fuese para mí; se indignaba con mis chascos, me daba instrucciones sobre mis pequeñas compras y me ayudaba en mis estudios, procurándome datos y sugiriéndome excursiones que me fueran útiles.

Julia me decia: despues de haber visto vd. la Catedral, tiene que visitar San Patricio, iglesia católica romana, que habrá vd. visto yendo por todo el canal, y cuya torre tiene más de sesenta varas de altura.

San Juan Bautista, La Trinidad y San Pablo (episcopales), la Iglesia, el templo del Sinaí y las Ursulinas, son edificios que debe vd. ver y á los que debe vd. concurrir.

Al siguiente dia busqué á Quintero en su casa para darle cuenta de mis nuevas relaciones, que mucho le complacieron; me confirmó en la excelente idea que ya yo tenia de la apreciable familia, y quedamos en repetir allí nuestras visitas.

Vive Quintero en pleno barrio frances, es decir, en esa parte de la ciudad que apénas hemos columbrado y que me he resistido hasta ahora á describir, porque creo que no la he conocido suficientemente.