Jorge Hameken es un literato distinguido; es un mexicano con ligadura yankee, que no hay más que pedir: el arte es su deidad; la religion de lo bello le esclaviza; enamorado de lo ideal, deserta del mundo positivo de su padre y del paraíso materno, para hacer sus excursiones en el Olimpo griego.
Hameken nos persuadió que su casa era la nuestra; nos presentó cariñoso á su familia, que es modelo de virtudes y finura; y una vez cumplidos los deberes que como caballero y amigo se imponia, se amortizaba horas enteras frente al ajedrez, con resolucion, con vocacion como de capuchino, y se absorbia al punto de no pertenecerse, de abdicar la conciencia de su existencia.
En la casa de Hameken se reunia excelente sociedad; nuestro amigo toca perfectamente el piano; y la música, la poesía y las ciencias hacian nuestras veladas encantadoras.
Rocha, bien estaba cerca del piano desesperado con mis desentonos, aunque siempre fungia de oscuro corista; bien contaba cuentos á los niños, para lo que tiene singular gracia, ó bien se entregaba con el incrédulo Lancaster á discusiones sobre el espiritismo, que lo hacian bramar.
Hameken nos encarecia las ventajas de que nos fuésemos á vivir cerca de su casa, para servirnos y atendernos con sus cuidados, y al fin triunfó su bondadosa elocuencia.
Hicimos nuestra escrupulosa liquidacion con el hotel, pasando por los accidentes todos que sugiere la desconfianza; accidentes nacidos de la alta idea que tienen los dueños de hotel de los viajeros en general, sean sus compatriotas ó pertenezcan á extrañas nacionalidades.
En algunos de estos establecimientos quedan baúles responsables de altas cantidades, conteniendo, si no piedras, harapos y desechos indignos.
Se nos contó que en varios hoteles de un Estado vecino se proveia á los huéspedes de largas reatas, no precisamente para que se ahorcaran si fallaban sus especulaciones, sino para que pudieran escapar en caso de incendio; pero abusaron los hijos de Washington de un modo tan desastrado del salvavidas, sirviéndose de él para escaparse sin pagar, que prefirieron, en caso de incendio, guardar á sus parroquianos hechos chicharron.
No me detendré en analizar aquellas cuentas en que proclamada la baratura, los extras forzosos, como el lavado de la ropa, constituyen una tiránica especulacion; y esto me recuerda el sistema financiero de las monjas de cierto convento de Querétaro.
Despues de visitar los devotos á las imágenes milagrosas, acudian á la portería á proveerse de los famosos cajoncitos de dulce.