Ya hemos procurado dar idea del barrio frances, de sus bar-rooms y cafés cantantes, sus almireces colosales anunciando las boticas, sus figurines incitando á la posesion de la ropa hecha, sus muebles, zapatos, baldes y canastos invadiendo las banquetas, y sobre todo, con sus caños pestilentes, como márgenes de las angostas, sucias y desastradas calles; porque si es verdad que no menciono alegres fachadas, ni enrejados que dejan percibir jardines deliciosos, tambien es cierto que no hago mérito de ciertas tabernas, ni de frentes de fondas, ignominia de los cinco sentidos, ni de ciertos tendederos de desmanchadores de ropa, lavanderas y gente particular, que es como si se entregara á la picota del ridículo el forro más interior del cuerpo humano.

La casa de la Sra. Belloc, aunque es un cuadrilongo, su parte habitable es como una alcayata.

En la cabeza de esta alcayata hay sus habitaciones que dan á un amplio corredor y á la calle, con sus persianas verdes y sus muebles. En la parte superior hay unas buhardillas en que la luz penetra por troneras y boquetes, y á la espalda de la alcayata una série de cuartitos que dan á uno de esos purgatorios de negros, en que la fritanga, el pleito, el harapo y las escenas del paraíso se suceden sin interrupcion.

En la parte baja del edificio están la cocina y las oficinas domésticas, el baño y el jardin, dando á la calle el comedor situado en un pasadizo, y el parlor, dividido en dos secciones ó salas, como aquellas de que dimos conocimiento en San Francisco á nuestros lectores.

La Sra. Belloc es una persona alta y robusta, de pelo cano levantado en furia sobre la frente, modales expeditos, imperiosa mirada y bozo pronunciado, con accesorios como conatos de barba; pero es persona de muy finas maneras y complaciente con sus parroquianos.

Entre nuestros compañeros de domicilio habia una jóven dulcísima y de angelical candor, hija de los campos, lirio escondido, trasladado á la ciudad por pocos dias; interpretaba á Shubert otra señorita llena de inteligencia y pasion, y amenizaba nuestra tertulia la esposa de un banquero, muy entendida en la música.

En las noches, que eran prolongadas y tristes, se encendia fuego en la chimenea: unos tocaban, conversaban los más, y yo me aburria santamente, haciendo el ermitaño de malísima gana.

Pero esto era de vez en cuando: lo comun era que Alcalde me hiciese compañía y fuésemos á sacudir la murria á las calles, á un café cantante, ó á la casa de Quintero, que era en realidad nuestro quitapesares.

Pero mi situacion privada era angustiadísima: las noticias de la mala salud de uno de mis hijos, me tenia en estado de inquietud constante; y no obedecia á mis llamamientos de buen humor, ni siquiera esa musa callejera obediente siempre, y siempre sumisa á mis más ligeras insinuaciones.

Como una prueba de esas tentativas, suelto, sin más preámbulo, ese romance á José Carrascosa, en que le pinto mi nueva situacion: