Me puso frente á un molino de viento para examinarlo á mi sabor. En mis tránsitos por este país, en medio de risueñas sementeras, como complemento de paisajes encantadores, sobresaliendo de las casas, en vecindad con los palomares y las torres, le habia visto en movimiento, dando singular animacion á la finca rústica.
Sobre dos piés que unidos á una escalera de mano forman una pirámide que con robustos travesaños se convierte en sólida torre, se eleva un gran disco hecho como de los simétricos radios de una rueda: los ejes en que encaja el radio sostienen una gran pala como la cola de un cometa; de esa cola depende un fierro vertical que engancha con el émbolo de una bomba.
El molino se mueve con el viento más suave; cuando el viento es fuerte, gira expedito, y si es impetuoso, sigue la corriente del aire ó se plega sin sufrir deterioro alguno.
Este precioso molino, que he visto funcionar admirablemente y que está vulgarizado en todas partes, seria en México de infinita utilidad.
En esas poblaciones y llanuras sin agua, en donde son tan profundos los pozos, en donde la noria y el acarreo de mano hacen tan exiguos los depósitos de agua; en donde hombres y animales se rinden de fatiga, teniendo que trabajar mucho para arrancar un cántaro del fondo de un abismo, y donde la esterilidad precursora de la hambre, convierten en raquíticos, enfermos y sucios, pueblos enteros; se veria en cada molino un Moisés que refrigerara los hombres y cubriera de fertilidad la tierra, ó por lo ménos, que aliviara á los viajeros y evitara la muerte de los ganados.
Muchas veces en un llano árido y quemándome el sol, he esperado á que se dé agua á los animales que me conducian, presenciando la tarea de los sirvientes.
Otras veces me he detenido á ver á un muchacho tirando de una cuerda, desde el brocal de un pozo, y andando con el cordel que pasaba por la ruidosa carretilla, haciendo empuje con el hombro y el cuerpo, echado hácia adelante para sacar una bota que no bastaba para apagar la sed de un caballo, y cuántas ahora, aquí, me he puesto al frente de un raudal perenne, pensando en México, á ver trabajar este inanimado obrero, al que se le contempla casi con reconocimiento, porque es el dispensador del bien.
D. Quijote en las aspas de los molinos veia brazos amenazadores de gigantes: el brazo del molino americano, nos llama para refrigerarnos, y agita su pandereta en los aires como una gitana enamorada, para regocijarnos.
Los precios de los molinos, desde la fuerza de medio á cinco caballos, es desde noventa hasta quinientos cincuenta pesos; pero estos últimos se aplican á toda especie de maquinaria.
—Y no obstante la abundancia de máquinas, me decia D. Andrés, ya sabrá vd. que aquí es donde más alta remuneracion tiene el trabajo; y si no, vea vd. la lista de salarios que casualmente traigo en el bolsillo.