—¿Y esos jóvenes de sombreros de paja y bastoncillos, zapato bajo y medias de colores?

—Son sastres, empleados de las tiendas de abarrotes, conductores de ferrocarriles: de á legua se les distingue.

—Hombre, si no puede ser: esa es mucha seda, y mucho lujo, y mucho abanico.

—Pues es lo que le digo á vd.: yo no respondo de cómo estarán los retretes de estas hermosuras, ni las pobrezas que por allá revelarán camas y ajuares, sartenes y percheros; pero en la calle, todas son grandes señoras.

—Vea vd., ese es el calavera ordinario que da cada silbido que crispa las carnes, zapatea como un arlequin y retoza como quien es.... Pero vea vd. qué aspecto ofrece (dejando este salon), la inmensidad del mar.

Vea vd. aquella multitud que parece devorada por las olas.

En efecto, bajo un escalon de verdura que baja á la playa oriental, se extiende una inmensa faja de arena, y se percibe, como saliendo de las olas, un inmenso letrero que dice: Northon and Murray Pavilion Baths.

Aquel y otros establecimientos de baños son frecuentados los domingos por más de cien mil personas. Corona la gente el escalon bajo toldos y sombrillas, y los nadadores se lanzan á las olas, variando al infinito los espectáculos.

El hombre usa para bañarse los calzones de punto que conocemos; las mujeres, sacos oscuros, pero no tan celosos, que no dejen percibir en toda su belleza las formas de estas mujeres hechiceras.

Sonó al fin el vapor, como relincha un caballo que reconoce su establo. Miéntras llegábamos, yo improvisé el versito que sigue: