Del otro lado de la calle silenciosa, es decir, en la bahía, se oian músicas, y colgando de los altos palos de los buques flotaban grandes banderas y banderas pequeñitas, en cordeles que bajan desde lo más alto al casco del buque, recordando á todas las naciones de la tierra.... la bandera de México no se veia allí. Estas banderas con cria me caen en gracia.

A la entrada de cada muelle habia gente agolpada buscando el Pick-nick de su eleccion. Descendian de los carruajes y desembocaban de las bocacalles los paseantes, en lo general en familia: el padre cargando á los nenes y llevando á otro de la mano, con sus botecitos de hoja de lata con comida; la mamá con un bolson ó con un canasto, tambien con municiones de boca; de vez en cuando una suegra, tambien oficiosa y útil, porque es de advertir que la suegra en este país es un animal de todo punto domesticado.

En pocos grupos amigos íntimos, casi en ninguno convidados.

Rios de gente corrian en los muelles, al punto que solo para Rockway y sus inmediaciones partieron ese dia más de cuarenta mil personas. Para Corregisland y los otros puntos de recreo, más de cien mil.

El vapor que nos condujo se llama el "Plimouth:" es un vapor de rio de grandes dimensiones y sin duda destinado para largas travesías. Amplio salon con alfombras, lleno de espejos, sofás y sillas lujosísimas, toldo á proa sombreando extensas y cómodas bancas, amplios corredores cubiertos de sillas, y en la parte baja la tabaquería y el bar-room, la venta de carnes frias y los puestos con dulces, flores y frutas.

En la parte baja del buque, entrándose por un pórtico de columnas graciosas y estatuas colosales, se extiende en amplísimo salon el comedor, con su mesa redonda y sus mesillas aisladas, con sus jarrones de flores y sus grandes ventanas, desde donde se ven los mil encantadores paisajes que va recorriendo el vapor.

Entre el mugir de las embarcaciones que llegaban y partian; al ruido de las campanas de los templos; á los ecos de las músicas marciales de los otros vapores, emprendimos la marcha cerca de dos mil personas, con la novedad que, aunque repetida siempre, siempre se produce á la vista de esas ciudades flotantes y de esa multitud de sombrillas, sombreros de paja, gorros con flores, cintas, velos y gasas.

Los bosques de mástiles hacian ver, como tras de una celosía, por un lado Broklyn, por el otro Jersey, entre sus arboledas; al frente, los fuertes; á los lados, los botes mil y los barquichuelos, con sus velas tendidas rozando las aguas.

El conjunto era como el de una plaza pública; los niños atravesaban corriendo; las jóvenes y los jóvenes pasaban coqueteando; las ancianas y la gente séria leia sus periódicos, y las madres de familia batallaban con sus bebes y los tenian en su regazo dándoles el pecho. Y no obstante la multitud, el gentío era silencioso; no iba, lo trasladaban, estaba allí como pudiera en cualquiera otra parte.

—Vea vd., me decia mi compañero, aquella que parece gran señora, que cuando levanta su brazo ostenta sus muchas pulseras con campanillas y monedas, signo de sus muchos adoradores: es una obrera.... veale vd. las manos que oculta siempre con el pañuelo.