La traduccion de las poesías del Voltaire aleman, hechas por el Sr. Perez Bonald, acaba de ver la luz pública en Nueva-York, en medio de los entusiastas elogios de la prensa.
El Café Delmónico, uno de los más espléndidos de esta ciudad de esplendores, está situado en la Quinta Avenida y consta de tres secciones.
El gran Salon del Restaurant, con sus pequeñas mesas, sus alfombras, sus espejos, sus torrentes de luz de gas y su tapicería deslumbradora.
Los gabinetes reservados ó retretes en que se aisla una pareja de amigos ó una familia, verdaderos nidos del placer y del bienestar, y el café, vastísimo salon lleno de columnas y sembrado de pequeñas mesas, á la usanza de México, con su gran cantina surtida de licores delicados, refrescos, café y chocolate, que aquí se acostumbra aguado, sin dulce y tomado con cuchara.
El servicio no deja que desear: los criados visten con perfecta elegancia, presentan sus cuentas escritas en un platillo de plata. En el café se fuma libremente.
Instalámonos en una mesilla del café: el Sr. Gutierrez me habia leido sus versos, que yo habia admirado; el Sr. Bonald me habia obsequiado con un tomito de su preciosa traduccion. Nuestra cita era para que yo les leyese algunas de mis coplas; y no obstante haber hecho pocas y la mayor parte improvisadas, con lápiz, en la cartera, sobre la rodilla, la instancia fué tal, que rayaba en descortesía mi resistencia.
Pedimos refresco: saqué mi carterita y un rollo de manuscritos, y hénos ahí delirando, soñando, iniciando á aquella familia tierna y entusiasta que me deparaba el destino, en mis más íntimos dolores....
Olvidé el café y las conveniencias todas; leia como si no tuviera auditorio; leia como quien tiene la conciencia de que por primera vez se le comprende. Era la lectura cansada; pero yo seguia, sin considerar que del mismo Homero habrian fastidiado dos horas de versos.... Pero ya los literatos y los conocidos no existian; eran los confidentes; eran los amigos; era el viejo marino que contaba sus naufragios á los que solo conocian del mar los esplendores y las brisas.
Insensiblemente nos veiamos el espíritu: la patria inspiraba; la raza reclamaba sus fueros; las auras de los primeros años replegaban el ala, para besar nuestras frentes enamoradas con el canto de nuestros recuerdos.
El café habia quedado medio solitario cuando acabé de leer, en medio de testimonios de generosa estimacion, que nunca olvidaré.