Los cursos duran tres años: comienzan el 1.º de Setiembre y concluyen en fin de Febrero. En resumidas cuentas, en año y medio se recorre toda la ciencia médica, y no puede darse más diabólica aplicacion al vapor.
Las lecciones son orales, cada profesor tiene su ramo: se para en la tribuna cada maestro, y con una celeridad de que ni idea puede formarse, lanza como con jeringa una peroracion, y.... termina la cátedra.
Los exámenes son mucho, muy ligeros, se pasan en un trago, y la ciencia, encargada de la conservacion y de la vida del hombre, entra por la puerta de la superficialidad y de la charla, y sale por la de los negocios, como si se tratase de traficantes.
—Te confieso, decia Enrique, que no hay mucho de exagerado en esa pintura; pero lo que callas es que tiene tal valía eso de que el hombre asuma la responsabilidad de sus acciones, que hay médicos eminentes, y entre ellos pueden citarse á Alfred Post, Martin Payne; al catedrático de anatomía, Winter; á Loomis y otros muchos que comprenden sus deberes como maestros y que profesan la santa religion de la ciencia.
—Te he dicho, replicaba el estudiante, que yo no me meto con las individualidades. Nada de eso; te digo que he visto tal tempestad de médicos y tan bárbaros muchos de ellos, que en mi tierra ni como albéitares figurarian.
Las mismas oposiciones, no se hacen por gloria ni porque ellas produzcan remuneracion, nada de eso; es uno de tantos recursos de avisar al público que allí hay un médico ménos adocenado que los otros, y eso trae clientela.
—Ya vd. lo ve, dije yo, el público y siempre el público, que es el marchante, es el que tiene de calificar la obra.
—Los exámenes, siguió Enrique, depuran la charla, y en ese punto nada más noble que el proceder de estos hombres: para la ciencia no hay extranjeros; los puestos más distinguidos son para hombres que no son hijos del país, pero sí eminentes profesores. Ya verá vd. el hospital de Belevue y otros establecimientos, y me dirá si se ve con desden la ciencia.
Yo veo el Colegio Médico diariamente, y admiro su regularidad y sus adelantos constantes.
En el gran salon de lecturas caben holgadamente quinientos estudiantes.