El Hospital de Mujeres es de los establecimientos mejor servidos en Nueva-York, emporio realmente de los establecimientos de caridad y beneficencia.

La fábrica es de ladrillo, inmensa y monótona, en alas como hundidas, con su pórtico al centro, sus bastiones á los extremos, su desvan de zinc en la altura, su barandal de hierro al pié, ciñendo su alfombra de césped.

A la entrada me señaló Enrique, porque Enrique Agramonte fué mi cicerone, algunos salones aislados con altos y amplios respiraderos.

—Esos salones, me dijo mi guía, son destinados á las enfermedades que producen pestilencia ó contagio, y ya vd. ve, separacion tan obvia produce no solo comodidad, sino grandes bienes, porque aquí son desconocidas las enfermedades que abundan en los hospitales, como peculiaridad de esa falta de distincion.

Entramos al hospital: por supuesto que carece de patio, y este me parece grave inconveniente, aunque le ví subsanado con otras muchas ventajas.

En el salon de recepcion estaba una señora escribiendo, y al solo verla, me prendó su compostura, la decencia de su porte, la amabilidad exquisita de su trato.

Es la señorita Jhonson, que así se llama la persona á quien nos dirigimos, una de las empleadas subalternas que dependen de la Junta Directiva del hospital, compuesta de señoras de distincion.

Alta, con el cabello cano cayendo en esmerados rizos sobre su frente de nieve, ojos negros, y los destellos últimos de una notable hermosura. Oyó nuestra pretension, quiso complacernos ella misma, se inclinó al suelo, alzó un extremo de su vestido con sumo garbo y se dispuso á conducirnos, con tal gracia y desembarazo, que, ¡vamos! me subyugó.

Antes de emprender nuestro viaje por elevador y escaleras, nos mostró grandes lápidas de mármol en que estaban inscritos muchos nombres.