La negrita de Mantilla fué su nodriza, nodriza negra, de la servidumbre de su casa: no solo le alimentó á sus pechos; no solo cuidó y dirigió su primera educacion, sino que fué su guía, su amparo, su madre y el ángel custodio de sus primeros años; y Mantilla no solo venera su memoria; no solo ha levantado un monumento que guarda sus cenizas, sino que sus recuerdos son poemas de arrullos, de ternura filial, que simpatizan y dejan entrever la bondad infinita de esa alma niña consagrada á los niños.

En efecto, Mantilla es uno de los hombres más respetables que yo haya conocido: su vida es una consagracion sublime á la purificacion del hombre por medio de la instruccion; su elevadísima inteligencia no busca lauros, no aspira á honores; quiere y anhela por la instruccion, y esa faz de lo bello y lo bueno, lo absorbe y lo embebe en su objeto con fanatismo sublime.

El Japon, la China, las Américas, los lugares más salvajes resuenan con su nombre: los libros de Mantilla son la gran Cruzada de la civilizacion en todo el mundo; él es el único que ignora su mérito; es sencillo hasta la humildad, y pone su persona al servicio de los desvalidos, con placer y como si en ello recibiera favor.

Allí, á su celdita de monje, á su vivienda oscura, van estos recuerdos, recuerdos de gratitud, porque Mantilla honra cuando estrecha la mano de un hombre llamándole su amigo.

La conversacion, que solia adquirir esos matices de gravedad y conmocion, se rompia alegre al tocar en la frente de Gutierrez, y entónces, como de una cajita de chucherías y joyas, saltaban las ladies, los teatros, los paseos, las bellas artes, los poetas y las bacantes de la crónica escandalosa de la Ciudad Imperio.

Respecto de bellas artes, me hice eco de la opinion vulgar de que los americanos las descuidan, de que falta al pueblo de fogoneros y postillones el soplo divino que engendró los Rafaeles y Murillos; pero fácilmente corrigieron mis errores, con solo citarme las numerosas y bien dotadas academias de dibujo y la aplicacion de él á las artes útiles.

Yo replicaba:

—No me podrán vdes. negar que muy frecuentemente se confunde el mérito de las obras de arte; que el vulgo prefiere una muñeca medio desnuda y con pedazos de esmalte por soguillas y pulseras, á creaciones delicadas; que hay estatuas aun frente al Capitolio, que son blasfemias.

—Puede ser que en algo de lo que vd. dice tenga razon; pero es necesario para entendernos, me dijo uno de los circunstantes, que nos pongamos de acuerdo en el punto de partida de la crítica. Fíjese vd., continuó, en que la práctica de la igualdad es cosa que repugna al europeo, y más al europeo bien educado; de ahí las amargas censuras á las faltas del bien parecer y de cultura á la europea. Como de esa crítica se apoderaron personas inteligentes, por otra parte poco capaces de analizar las instituciones y los elementos constitutivos de esta sociedad, cobraron boga las censuras al yankee, que enarbolaba sus piés sentándose en la espalda; del que escupe; del que forma un polvero de tenacilla con el índice y el pulgar; del que bebe con su criado, y del mozo de café que habla en un meetting con el desplante de Mirabeau. Lo mismo son las críticas de las bellas artes y de todo.

Pero hoy es distinto: los hijos de ricos comerciantes, capitalistas y banqueros, se educan en gran número en Europa: es muy comun en las personas de buen tono la posesion de tres y cuatro idiomas; la buena sociedad americana tiene mucho de la buena sociedad inglesa, sin su etiqueta tirante y sin las ceremonias, empalagosas á veces, del afiligranamiento frances.