—Chicos, á la disposicion de vdes., les dije, y salimos de la botica.
Nuestra comida fué en el Delmónico, en un saloncito de cristales aislado, con todo lo constitutivo del lujo y del confortable, ó sea á propósito para estar cómodo y contento.
La atmósfera de la charla se fué tendiendo vaporosa y como brotando sus celajes de oro de las soperas, los platones y las copas.
Las bujías del alto candelabro irradiaban como un firmamento de llama, y las palabras eran como enjambres de aves de canto delicioso que vagaran al acaso en un verjel espléndido.
Bonald nos recitó algunas de sus deliciosas traducciones de Hein, que le han dado merecida celebridad en el mundo de las letras. Gutierrez declamó varias poesías suyas, que son como obras primorosas de filigrana; que son como esas creaciones de espuma de encaje y de niebla, escapadas del buril de Benvenuto Cellini ó del pincel soñador del delicado Corregio.
Gutierrez, puede decirse que es el hombre de la alta sociedad, parisiense: narra como Dumas, cria como Mery y forja el cuento fantástico como Hoffman y como Richtter; argulle, disputa, hace saltar la paradoja inverosímil y la sostiene en un cabello como un equilibrista prodigioso.
Las risas, las emociones de ternura, la explosion del entusiasmo nos hacian cortejo, y las horas pasaban desapercibidas y como ocultándose, para no interrumpir nuestro contento.
Cuando pidió la palabra el corazon para que Gutierrez y Bonald hablasen de su patria y de sus padres. Mantilla, que todo es bondad y ternura, pidió que brindásemos por su negrita.
Entre bromas y alusiones cariñosas, pedimos al sacerdote de la niñez, nos dijese algo de su negrita.