Se recorre un panteon como una librería, viendo los rubros de las obras que guarda la armazon.
En el sepulcro de la tierra se improvisa el altar; parece que la restitucion del polvo al polvo se hace más patente; la flor es el recuerdo y la lágrima.
Yo no sé en qué disposicion de espíritu visité á Greenwood, que me sentí muerto; parece que celebraba el duelo de mis propios funerales.
Extinguirse entre la soledad de la multitud; extinguirse sin que nos acaricie la idea de la vista de los que nos sobreviven en espíritu y quedan calentando en sus corazones nuestra memoria; morir sin esa revelacion de la inmortalidad que se llama el recuerdo, es naufragar con el alma, perderse en un infinito de olvido.
Entónces nos lloramos; pero esas lágrimas las orea el viento; cuando las enjuga una mano querida, sentimos como una iluminacion en nuestro espíritu.
En vano la filosofía describe la muerte como término forzoso, como condicion de la renovacion del sér; en vano nos redime el sepulcro de una existencia eterna con sus eternos dolores, cuando la mano temblorosa de la caducidad no puede llevar á nuestros labios la copa de goce alguno; siempre que el sentimiento nos domina; siempre que rotas las ligaduras de la escuadra y el guarismo, la alma se habla con su lógica peculiar, Dios resplandece en nosotros y el espíritu ansía por relaciones y consuelos que no podrá suministrarle nunca el universo material.
Yo he sentido mi polvo mezclado á esta tierra, he visto mi tumba como una usurpacion; el hielo de la extranjería de la muerte ha llevado el frio á mis huesos; y advenedizo de la misma nada, á mí tornaba mi duelo como el polvo que se lanza contra el viento y ciega nuestros ojos. Mejor dicho; mi duelo era á los que no lloraban por mí sobre mi desconocida losa.
Sentia mi corazon enfermo, mi salida del Cementerio era como una exhumacion. Creia en mi alucinacion de muerte, y habia visto hecho cadáver el Parque Central.
En la noche á él me dirigí, y consigné mis impresiones allí, de esta manera: