—En fin, y se puede decir, replicaba Romero, que has visto todo por encima, sin detenerte en nada.
—Para detenerme necesitaba yo, como vd., decia yo á Mariscal, vivir ocho ó diez años en Nueva-York.
—¿Viste por fin la casa de Appleton?
—La ví y tengo ya mis apuntaciones.
—¿Y el Correo?
—Consta en mi cartera.
—¿Y la Escuela de ciegos?
—Idem.
—¿Y la de sordo-mudos?
—La ví y no la estudié, porque de esos establecimientos conocemos por lo que hemos leido de Europa, porque la escuela de México da idea de estos adelantamientos, y sobre todo, porque cuando supe que tú habias ido, tuve esperanza de que me darias detalles.