En esta vez no salió fallida mi extravagante regla: en aquella mesita, y departiendo muy amigablemente, se encontraban mis amigos Manuel Romero Rubio é Ignacio Mariscal, á quienes, en union de Juan José Baz, habia visto en la mañana en el consulado.

Dos de estos amigos, Romero y Baz, desentendiéndose de los antecedentes que nos reunian en el extranjero, atentos solo á los recuerdos de afecto, y acaso en vista de mi mala posicion, fueron para conmigo finos y hermanables.

Baz, ántes, con esa franqueza que forma el fondo de su carácter, habia encontrado á mi hijo Francisco en la calle, y sin esperar saludo ni cumplimiento, le llamó.

—Ven acá; tú no has de tener dinero; que nada te falte; aquí me tienes, pídeme; poco te importa que esté ó no contento con tu padre; tú eres su hijo y él es mi amigo.

Romero fué lo mismo conmigo, y cuando supo que hacia apuntaciones, que buscaba noticias, se hizo mi colaborador. De Mariscal ni se diga, lo quiero con el alma, tengo idea que es de los hombres que nos han hecho honor en el extranjero; él ha sido mi consultor y le debo muchas de las observaciones que pueden tener mérito en esta obrilla.

—¿No tomas nada?

—Ya tomé una grosella.

—Siéntese vd.

—¿Pronto la marcha?

—Muy pronto.