—Pues así serán, porque pasaremos por allí ántes de que amanezca.
Hizo un alto el tren é ingresaron á él dos caballeros que tomaron asiento frente á nosotros, saludándonos en correcto español, muy cortesmente.
Yo respiré; ardia en ganas de hablar de Filadelfia, y Francisco no tenia humor de darme gusto.
Los nuevos compañeros son originarios de Venezuela: llámase el uno, el más jóven, D. Juan Herrera, y el otro, D. Estéban Galvez.
Herrera, como yo, no conocia á Filadelfia; pero le importaba un bledo, tenia suficiencia para figurársela poco más, poco ménos, á la vez que Galvez trataba de instruirle con particular interes.
—Esta ciudad (Filadelfia), decia Galvez, está situada entre los rios Delaware y Schuytkill, á seis millas de su confluencia y á noventa y seis del Atlántico.
—Déjate de particularidades. ¿La ciudad es bonita? Me han dicho que es tristona: no te canses, el que ha visto Paris....
—Es la ciudad monótona, aunque regulares las calles. Corren de Norte á Sur, y como en todas las ciudades americanas, un nombre sirve para la extension de una vía, aunque tenga varias secciones, y la numeracion es de pares de un lado y nones del otro.
—Lo mismo da todo eso.