—Los he leido, dijo Gomez del Palacio, y en ellos te puedes imponer á tu gusto de cuanto desees saber.

—Yo, quien habria deseado, añadí, que hubiese publicado sus apuntaciones sobre la Exposicion, es nuestro distinguido naturalista Mariano Bárcena.

—He oido mentar ese caballero con mucha estimacion, y aun me valí de un amigo para que me lo presentase, dijo Galvez.

—Bárcena es muy jóven y su modestia tal, que hasta que no se dieron á conocer muy ventajosamente sus obras, no se fijó en él la atencion.

De mediana estatura, robusto, sin tocar ni de léjos á la obesidad, sus movimientos son listos y de hombre acostumbrado á las fatigas.

Rosado, cariredondo, de ojos negros y nariz proporcionada, un ligero bigote sombrea sus labios, y sus ojos, aunque no grandes, son expresivos y brillan con la luz intensa de la penetracion y del talento.

En su trato familiar, lleva Bárcena la modestia hasta el punto de confundirse con el comun de las gentes; aunque siempre entregado á estudios gravísimos, no esquiva la sociedad, es alegre y consecuente con sus compañeros de colegio, y con todo el mundo finísimo y considerado.

Ama los viajes con delirio: nunca más feliz que cuando cabalgando en un caballo tísico, sin más equipo que una maleta y un criado á su lado con sus instrumentos científicos, se lanza en pos de raíces y pedruscos, penetra en las cavernas y escala las montañas.

Vuelve cargado de cada expedicion, de objetos preciosos para las ciencias, y entónces le cercamos, nos charla, nos instruye, y los que tenemos él honor de tratarle, confirmamos la merecida opinion de que disfruta en el mundo científico, y nos envanecemos con la gloria pura y universal de ese guapo muchacho, honra de México.

Cada vez que en mis articulejos de chismografía tropiezo con algo científico que me deja á oscuras, ocurro á su celda, porque así pueden llamarse las piececitas que ocupa en el Museo, y allí, entre un fémur de mastodonte, esferas, pajarracos y pedruscos, está Bárcena como la mosca en la miel.