Hondas eran las penas que á varios de nosotros aquejaban, pero valerosa la lucha, en que al fin se sobreponia la juventud, y sobre todo, el orgullo de que ninguna de nuestras frentes se habia doblado al yugo ignominioso del invasor extranjero.
San Antonio constaba entónces de una sola calle amplia y regular, en que se caracterizaba la fisonomía americana. Calle con sus edificios altísimos, sus ventanas de persianas verdes, sus amplias banquetas ó aceras y sus tiendas de grozeries, bar-rooms y almacenes.
Fuera de la calle y á la vista, con irregularidad completa, veíanse estancias aisladas, iniciativas de calles, dilatadas cercas, sembrados, y casas de comercio, ya como en llanos y plazuelas, ya entre arboledas y jardines.
En las dos extensas plazas del centro de la poblacion se distinguian, como mal avenidas con su ayuntamiento, casitas bajas y accesorias como las de nuestros pueblos, y edificios opulentos llenos de letreros, muestras y muebles americanos.
La iglesia cristiana de la antigua mision aparecia como fuera de quicio, como un sordo en un concierto, con su chaparra y sólida arquitectura, sus dos torres con sus campanas y su aspecto como de la parroquia de Mixcoac, sin barda y sin accesorios.
Análoga á la heterogeneidad de las casas era la de los habitantes: estaban como en lucha el sombrero ancho y el fieltro, la blusa y la chaqueta, la calzonera y el pantalon ajustado, la bota grosera y el zapaton desgobernado, el albardon y nuestra silla de montar.
En el mercado, en los campos, en todas partes, se notaba la propia lucha; pero con dolor se palpaba la desventaja de la competencia, la decadencia y el naufragio de nuestra raza.
De las alturas de la ciudad parecia descender, como torrente, la invasion americana, que iba arrollándolo todo, quedando en pié vacilantes algunas propiedades mexicanas de gente de algun viso; pero los infelices, despreciados, perseguidos, sin el auxilio del idioma, sin leyes y sin jueces, se refugiaban en los afueras de la ciudad, donde el barrio mexicano presentaba tristísimo aspecto.
A las orillas del cenagoso arroyo de San Pedro, entre las quiebras de un desigual lomerío, bajo enramadas, toldos de lona y de cueros, en tertulia perpétua con perros, caballos y mulas, se albergaba la poblacion mexicana, sucia y desnuda, llena de miseria y desprecio.
Muchos, para sustraerse de la situacion descrita, imitaban el trage y los modales de la peor canalla, bebian con temeridad, usaban navaja, calzaban botas groseras, se ponian en cuclillas (postura muy yankee), á las puertas de las tabernas, y se convertian en espías y enemigos de los mexicanos.