Suelen las grandes corrientes arrastrar troncos y amontonar las basuras que barre, en sus orillas; así quedaba la poblacion, como testimonio palpitante de lo que se espera á nuestra raza.

Llegaba á tal punto el desprecio y la humillacion de los mexicanos, que habiendo invadido en aquellos dias el cólera la ciudad, se cebó en ellos la epidemia; la misma caridad les mostraba desdenes.

El Dr. Cupples se hizo notable y cobró títulos á mi gratitud eterna, porque abandonando sus visitas lucrativas y costeando de su peculio abrigos y medicinas, se dedicó á ser la salvacion y el amparo de los mexicanos, como lo fueron Suvervielle, el gran Víctor Considerant, de quien tengo la honra de ser amigo, y mexicanos como Douai, Elliot, Leal y los Sres. Miguel y Juan Manuel Gonzalez, modelos de generosidad y nobleza.

Cuando la epidemia se mitigó; cuando parecia haberse aplacado la horrorosa plaga, se anunciaba en los periódicos:

"El cólera se va: demos gracias á la Providencia divina. Ya solo mueren algunos negros, y siguen muriendo los mexicanos."

Acababan de pasar la guerra del Sur y la bonanza del algodon: la primera destruyendo grandes fortunas y dejando en la orfandad muchas familias; le segunda derramando por todas partes cuantiosas riquezas é improvisando caudales en toda nuestra frontera y hasta Monterey y el Saltillo.

Al revés de California, en Texas, los hijos de mexicanos en general, borraban y como que escondian los recuerdos de sus padres, y éstos hacian más hondo é implacable su odio á los yankees.

La razon de esta diferencia es muy obvia. Los mexicanos enriquecidos de California se elevaron á una decente posicion social, en medio de personas de todas las naciones: en Texas se abatieron bajo el yugo yankee, porque hasta hoy es cuando se está desarrollando el elemento aleman.

Era objeto de nuestro especial cariño, en el hotel que he descrito, una niña, nietecita de M. Jecks, que entónces tendria de seis á siete años.

Blanca, de azules ojos, rubia y tan espigada, ligera y gallarda, que la comparacion con su conjunto seria grosera, si no apelara al recuerdo del celaje leve, dorado por los primeros rayos del sol, ó de la espuma flotante cuando se desliza, dejando apénas huella sobre las olas.