¡Qué alegre la contemplábamos! ¡cómo el doctor y yo, suspendiéndola de los bracitos, le fingiamos vuelo y reiamos de su reir estrepitoso y sincero!

Algun tiempo vivimos en el hotel; despues nos establecimos en una casa sola con su cercado de verjas de hierro, sus amplios departamentos y su jardin espacioso.

En esa casa pasamos cerca de ocho meses Patoni y yo con nuestras familias, el pundonoroso y patriota general Poucel y Benito Zenea, veracruzano entusiasta y á quien todos queriamos mucho.

Estos eran en confuso los recuerdos que evocaba yo en Minger-Hotel, miéntras los criados acarreaban nuestros baúles y maletas y nos estableciamos en nuestros respectivos cuartos en toda forma.

Apénas cumplí con las reglas de mi poco fervoroso culto á la diosa del tocador, cuando salí á la calle en pos de mis recuerdos y de mis amigos y conocidos.

¡Cuán otro estaba San Antonio y qué sorprendente habia sido su desarrollo en ménos de doce años!

A los lados de la calle principal de uno y otro viento hay risueñas estancias, frondosas arboledas y calles como en Orleans y otras ciudades americanas.

Las toscas cercas y corrales se habian trasformado en barandales y jardines, atravesaban vistosos carruajes la ciudad y me parecia más que duplicada la poblacion.

Dirigíme á la casa de M. Suvervielle: su misma escogida librería, su botella de rapé en el escritorio, su ancha poltrona, sus golosinas en la pieza interior.

—Ah de casa!