—Allá van.
Fresco, regordete, alegre, con sus pantuflas y su sombrero de jipijapa.
—Oh, mi D. Guillermo!
Otros cincuenta abrazos.
—Siéntese vd., mande vd.: aquí, como siempre, es de vd. toda la casa.
—No me detengo, voy en pos de Poinsart y de Cupples.
A cincuenta pasos, tomando por la calle real, medio hundida, descubrí la casita de madera de Poinsart, mecánico excelente.
Es M. Poinsart chiquitin, colorado, alegre, de nariz roma y movimientos listos, recalca la r para hablar, sus pequeñitos ojos son el asiento de la malicia y el buen humor.
Entre exquisitas pinturas, relojes, formones, máquinas para destilar agua, telescopios y serruchos, tiene M. Poinsart sus poetas favoritos, ostenta su intimidad con Beranger, tutea á Voltaire y se da sus ratos de solaz con Alfonso Karr, con Dumas y con Alfredo de Musset.
Al descubrirme, me saltó al cuello este viejo querido, me tomó del brazo y no lanzamos nuestra primera palabra sino frente á dos vasos de cerveza, riendo sin saber de qué, pasando alegre revista de nuestros amigos y extraviando la charla por los más escondidos vericuetos de la íntima confianza....