El Dr. Cupples es inglés de sangre pura y aristocrática: su cútis es suavísima como la de la más cuidada señorita; sus cabellos, en hilos de oro y plata, embellecen su frente luminosa, y en su mirada se abre paso la sabiduría, entre los reflejos de la bondad.
La voz de mi doctor es apagada y quejosa, pero llena de dulzura; todo lo grande del sentimiento; todo lo más elevado de la ciencia, tienen su culto en aquel noble corazon y en aquella clara inteligencia.
—¡Oh, D. Guillermo! ¡mi D. Guillermo!
—No quiere tomar nada, dijo Katty.
—Vea vd., D. Guillermo, su cuarto, su mesa y las plumas con que escribia.
—Lora, ve á traer esa buena cerveza que es la del Sr. D. Guillermo: ¿dónde está su equipaje? ¿ya avisaron lo que come D. Guillermo?
Y todo eran finezas y todo cariño. Anuncié la visita del Sr. Gomez del Palacio; se recibió con júbilo la noticia y quedamos aplazados para comer en familia, frente al jardin, pasándose invitacion especial á Gomez del Palacio y á Mr. Suvervielle, que es conocedor de nuestras costumbres, de nuestras leyes y de los negocios de la frontera, como muy pocos mexicanos.
A mi regreso al hotel, iba entrando, ya en el Correo para hacer conocimiento con el nuevo edificio, ya á una fondita en la que me llamaron la atencion las banderas mexicanas, y tiene el nombre de "San Luis Potosí," ya á la casa de Elliot, ya á una tienda en que abracé á Pascual Hernandez y departimos contentos, recibiéndole ofrecimientos generosos.
En el hotel me entregaron una tarjeta del Sr. General Ord, que habia estado dos veces á buscarme.
Con motivo del paso de las fuerzas americanas á nuestras fronteras, habia yo escrito en El Sun de Nueva-York, tres ó cuatro artículos vehementes en contra del atentado, y habia rechazado aseveraciones deshonrosas del Senador Sleicher, al parecer enemigo irreconciliable de México.