Era el 2 de Agosto, dia para mi corazon de muy tiernos recuerdos; era el cumpleaños de mi María, consagrado en otro tiempo á los goces íntimos de mi modesto hogar, y hoy á la exhumacion dolorosa de recuerdos adorados.

Apénas anocheció, me dirigí entre las sombras al lugar en que habité con los mios.

Las calles estaban solitarias y un tanto oscuras. Los árboles eran como fantasmas, destacándose más negros en el horizonte oscuro, y produciendo el rumor de sus hojas algo como el murmurio de la voz humana.

Llegué á la casa, no como ántes aislada, sino perdida entre otras habitaciones con sus pórticos alegres, sus jardines, sus enverjados de palo y sus cercados de chopos y de lilas.

En algunas de esas habitaciones habia luz; se veia á la mamá tejiendo, á los muchachos corriendo y haciendo bulla, al viejo repantigado en su silla, con los piés en alto y los brazos levantados, sosteniendo su periódico.

A pesar de la oscuridad, reconocia los escaloncitos de la escalera en que Patoni se sentaba, recordaba su melena de cabello rubio, su nariz roma, su dentadura blanca, su carcajear sincero y estrepitoso, sus ímpetus de leon, su alma de niño.

Veia clarísimo á Poucel con su nariz puntiaguda, sus ojos verdes, perfectamente ajustado el raido vestido, lleno de pundonor, sufriendo sus penurias sin exhalar una queja ni permitir consuelo; lo veia frente á su libro de matemáticas ó jugando ajedrez con Zenea, moreno, soberbio, de ensortijado cabello, franco y susceptible, arrebatado y fiero contra la mala suerte.

Me parecia oir en el jardin los gritos de mis hijos, tartamudeando su inglés con sus amiguitos, que venian en parvadas á inquietarlos para las travesuras.