Mire la aurora....!

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La caida de las sombras, no me permitió continuar.


En una tabaquería de la calle principal, abrí, por la bondad de amigos mexicanos, el despacho de los recuerdos de la crónica y de la guerra.

M. Suvervielle, á quien ya conocemos y á quien todo el mundo llama D. Antonio con la mayor familiaridad; M. Poinsart, picante y decidor; Elliot, bebedor empedernido de cerveza; Leal, amante de México como pocos, armábamos grescas de hundirse el mundo.

A ese punto regresaba despues de mi paseo vespertino; pero ántes de poner el pié en el quicio de la puerta, me asió de los brazos, como con dos tenazas de hierro, un personaje al que voy á tener el honor de presentar á mis lectores.

Trátase de un hombrecillo de quien de pronto no se pueden descubrir sino dos ojos de azul de cielo, que se ven como claros de firmamento entre desgarradas nubes, y echo mano de la comparacion porque no sé cómo describir una cara llena de manchones y calados de tizne, en la que lo único que alcanza claridad, son los ojos.

De debajo de un retruécano de fieltro, que llamaremos sombrero, desgobernado y caido por todas partes, se descuelgan, danzantes y haciendo columpio, guedejas de blancos cabellos.

El cuello, que tiene el aspecto de un clarin boca arriba, está triunfante de dos picos que han salvado los límites de una pechera de cuero, sosteniendo la existencia oculta de la camisa.