Del dolor de mi tormento.
G. Prieto.
No es describible el entusiasmo de mis amigos y las expresiones de gratitud de M. Rève, quien ofreció que nadie más escribiria en aquel libro, que él habia comprado como una cajita de oro para guardar un recuerdo de M. Guillermo.
Despues de las doce de la noche, y cuando las calles estaban totalmente oscuras, volví al hotel, donde hallé á Francisco muy preocupado con la cuestion del viaje.
En efecto, todas las facilidades que se ofrecen al viajero para trasportarse; toda la conciencia que adquiere de que está en vecindad inmediata y como unido á cualquier punto de los Estados-Unidos; la misma idea de la distancia que se limita y se borra al frente de una vía férrea, desaparecen luego que los vehículos escasean y que la corriente de transeuntes queda como arremolinándose y buscando salida por el conducto reducidísimo de un carro, un coche de colleras ó un guayin, como aquí sucede.
El guayin hacia viajes dos veces por semana y tardaba en su correría de treinta y seis á cuarenta horas, de San Antonio á Piedras Negras, tocando en Fort Clark por una molestísima desviacion.
El guayin de Texas es como los que conocemos, de nueve asientos estrechísimos, con sus cortinas embreadas, su pescante y su estructura de cajon.
Pero uno es describir el mueble, y otro pasar en él treinta y seis horas mortales, en aquella prision rodante.
De todas maneras, la suerte quiso que demorásemos nuestra marcha por falta de vehículo, y así, no hubo más que apechugar con la situacion y pasar el tiempo lo ménos mal que fuese posible.
Entre las visitas que nos honraron, recibimos la de M. Douay, antiguo amigo de mi familia, persona de clarísima inteligencia y de excelente corazon.