Juan Navarro, aparte de ser un sabio, es un hombre de muy buena sociedad y el platicador más divertido y más sazonado que vdes. pueden imaginar: conversaba con Mariscal y con Francisco Gomez del Palacio, diestros como ellos solos para esgrimirla sin hueso y dar riquísimas tintas á la caricatura de la palabra, cuando se trata del humbug y del escabroso idioma de Washington Irving.
Conmigo es el tema eterno de conversacion el inglés, porque saben y palpan mi dificultad infinita para pronunciarlo.
Pero les replicaba yo:
—Cuando una palabra tiene el hilo y el chisgo de nuestro idioma, pase, se da uno sus trazas para comprenderla; cuando la palabra es de todo punto diferente, entónces se da uno sus mañas para buscarle punta; pero yo no me puedo conformar con que comencemente de un colegio, sea fin de su año escolar y no principio: claim, reclamo y no clamor, y que cuando me digan cinic, me quede como una lechuga, porque me quieran decir hombre de experiencia y desengañado. ¿Cómo me puede entrar en la cabeza que descriminate sea distinguir y separar, sin tener nada que ver con la criminalidad?
—Más te escuecerá, me decia Francisco, que te llamen á tí Mr. Praits, á Negrete Negrito, á Iglesias Aiglisaias, á mí Pelesaio y á Diaz Daiaz.
—Para eso de entenderse con americanos, no hay como el castellano viejo, dijo Navarro, y si no me creen, díganme lo que opinan de la historia que voy á referir.
—Historia de españoles de fé son la materia inagotable de tus cuentos, como de Fernando Calderon los legos.
—Escuchen vdes:
Recien llegado, hace años, á esta ciudad, un dia estaba muy reposado y silencioso en un baño público, cuando de repente oí recias pisadas que revelaban largo y holgado calzado, y oí que sonaban las palmas de la mano como llamando.