Se arraigaban más mis temores con la ausencia de multitud de personas que iban huyendo á las demostraciones de entusiasmo popular.
En medio de una espectativa, bien desagradable por cierto, esperaba, como en desquite, ver en trage dominguero y de fiesta á esta multitud y asistir á los fuegos artificiales, que se hacen con particular buen gusto, segun la opinion de los entendidos en la pirotécnica.
Algunos disparos, unas explosiones como de palomas y triquitraques, me hicieron creer la víspera que ayer era dia de rumbo y de trueno, y que á despecho de todas las sociedades de temperancia, íbamos á tener la de Dios es Cristo.
Daban consistencia á esa espectativa mis recuerdos.
Hablando de las espontáneas demostraciones de semejante dia, se hacian descripciones casi terribles.
Hombres disparando al acaso sus armas, mujeres sin límite ni valladar, haciendo ostentacion de sus encantos; y la orgía en toda su plenitud, se exponia como en caricatura para hacer el apoteósis de la emancipacion del pueblo gigante.
Infundados salieron mis temores y fallidas mis esperanzas, porque no he visto cosa más tristona ni más sosa que el dia que acaba de pasar.
La ciudad presentaba el aspecto de un domingo, las oficinas públicas y el comercio estaban cerrados.
Las desiertas ventanas, la ausencia de balcones y zaguanes, las puertas cerradas de las habitaciones, dan aspecto realmente lúgubre á la ciudad, cuando el tráfico no anima las calles.
En todas las oficinas, en los edificios públicos, en las casas particulares, en los carros y hasta entre las orejas de los caballos, flota la bandera americana, desde proporciones inmensas que pudieran cubrir la fachada de nuestras casas, hasta banderitas que pudieran figurar en un refresco.