Yo estaba junto á un cadáver que representaba á Washington durmiendo el dulce sueño del justo. Parecia salir de entre nubes blancas, así eran los lienzos de su lecho.... la muerte coronaba de majestad su noble frente; sus ojos se habian cerrado con dulzura, como dando un último beso á la luz.
El lugar de la pieza en que está este nicho es de los más oscuros: á poca distancia arde un pico de gas, con esa luz cárdena y rígida que tiene cuando el aire no la agita.
No sé qué pensaba, no sé qué abismos recorria mi mente; pero fijándome en el cadáver, creí ver distintamente que como que movia los labios.... repuesto de la intempestiva impresion, dirigí mi vista á los ojos.... entónces no tuve duda.... aquellos ojos se fueron abriendo lenta, muy lentamente.... yo volví por todos lados á buscar gente.... se me figuró que mi razon queria trastornarse.... me arrimé contra el cadáver en cierto estado de desmoralizacion grande.... y ¡el cadáver cerró los párpados!......
—¡Hombre! le grité á Buzeti, ¿no le parece á vd. una profanacion estos resortes y esta diversion con los últimos momentos de Washington?
Pero nadie me oia.... Mi compañero, horrorizado, me esperaba en la puerta, donde fuí á reunírmele, queriendo que por caridad me diese una tunda de azotes el primero que pasase.
Al salir del Museo queria emprender cualquiera conversacion que disminuyera mis desagradables impresiones, y Dios me deparó á M. R***, quien con su buen humor me relacionó su vida en el hotel, apuntando yo los pormenores administrativos del Hotel Windsor en que habita, y es de los de más alta nombradía en la Ciudad Imperio.
—Como sabes, me decia, el Hotel de Windsor está en la Quinta Avenida, y si no puedo afirmar que es el primero, sí es de los primeros de esta poblacion.
El propietario, continuó, tendrá millon y medio ó dos millones de pesos empleados en el hotel y su giro.