En el sur, las tropas del general Gutiérrez habían alcanzado una gran victoria sobre el ejército constitucional mandado por el general don Diego Álvarez, el mismo que en otra época presidiera en Guaymas el consejo de guerra que condenó a muerte a nuestro infortunado compatriota y amigo el conde Gastón de Raousset-Boulbón.
Entre los indios pintos la carnicería fue horrorosa; mil doscientos de ellos quedaron tendidos en el campo de batalla.
En poder del vencedor quedaron la artillería y gran número de armas.
Sin embargo, en los mismos días se había iniciado en el interior una serie de acontecimientos opuestos; el primero, la fuga de Zuloaga, el presidente que, después de haber abdicado en favor de Miramón, revocara más adelante su abdicación sin saber por qué, sin consultar a quien quiera que sea y en el momento en que nadie lo esperaba.
EL general Miramón había lealmente ofrecido entonces al presidente del tribunal supremo de justicia hacerse cargo del poder ejecutivo y convocar a los notables para que eligiesen al primer magistrado de la república.
En esto vino a añadirse una nueva catástrofe a los peligros de la situación.
Miramón, a quien sus no interrumpidos triunfos inspiraran tal vez una confianza imprudente, o lo que es más probable aguijado por el deseo de terminar definitivamente de un modo o de otro, había presentado, en Silao, batalla a fuerzas cuatro veces superiores en número a las suyas. La derrota que aquél experimentó fue completa: perdió toda la artillería y aun su existencia corrió inminente peligro; sólo haciendo prodigios de valor y matando por su propia mano gran número de los que le cercaban, consiguió abrirse paso, salir de la refriega y huir a uña de caballo hacia Querétaro, a donde llegó casi solo.
Desde esta ciudad y sin que la suerte adversa le amilanara, Miramón tomó la vuelta de Méjico, cuyos habitantes supieron a la vez de la derrota de éste, su llegada y su intento de someterse a una nueva elección.
El resultado no contrarió las esperanzas del general, quien fue elegido casi por unanimidad presidente por la Cámara de los notables. Miramón, como hombre que comprende lo apremiante de las circunstancias, prestó juramento y entró inmediatamente a desempeñar su cargo.
Aunque, materialmente hablando, el desastre de Silao fue casi nulo, desde el punto de vista moral el efecto fue inmenso.