Éstos, unos cincuenta, se detuvieron cerca de las ruinas, pero no echaron pie a tierra.
Sólo uno de ellos se apeó, puso las bridas de su caballo en manos de un jinete y se acercó apresuradamente a don Antonio, quien, por su parte, se había adelantado a recibirle.
—¿Quién es V.? preguntó Cacerbar en voz baja cuando ya no le separaban del desconocido sino cinco o seis pasos.
—Él que está V. aguardando, señor don Antonio, respondió incontinente el recién llegado, el coronel don Felipe Neri Irzabal, para servir a usted.
—Le conozco; acérquese V., don Felipe.
—Y bien, don Antonio, repuso el coronel, tendiendo la mano a éste, ¿cómo va esa salud?
—Mal, respondió Cacerbar, retrocediendo sin tocar la mano del guerrillero.
Éste no notó el movimiento de su interlocutor, o si lo notó no le dio importancia alguna.
—Viene V. muy acompañado, dijo don Antonio.
—¡Caramba! ¿V. cree que me daría gusto caer en manos de las avanzadas de Miramón? ¡Diablos! como se apoderasen de mí, pronto me ajustarían las cuentas; pero estimo que a pesar de la satisfacción que el vernos reunidos nos proporciona, obraríamos cuerdamente en ocuparnos sin demora en nuestros asuntos, ¿le parece?