—Beso a V. las manos, querido señor, profirió el coronel; hasta luego.
—Adiós.
D. Felipe saludó cortésmente al español, giró sobre sus tacones, se reunió a los suyos, se subió sobre su caballo, y desapareció a escape al frente de su escuadrón.
En cuanto a don Antonio, tomó imaginativo y al paso la vuelta de Méjico, a donde llegó dos horas después.
—¡Oh! murmuró deteniéndose delante de su morada, que la tenía en la calle de Tacuba, a pesar del cielo y del infierno saldré con la mía.
¿Qué significaban estas palabras siniestras, al parecer resumen de su prolongada meditación?
[XIII]
LOS BONOS DE LA CONVENCIÓN
Los nevados picachos del Popocatepetl se teñían de rojizos reflejos, las últimas estrellas se apagaban en el firmamento y la cúspide de los edificios se vestía de ópalo: quebraba el alba. Méjico dormía aún; por sus silenciosas calles no cruzaban sino a largos intervalos y apresuradamente algunos indios procedentes de los pueblos circunvecinos para vender sus frutas o sus legumbres, y una que otra tienda de pulquero entreabría tímidamente su puerta y se preparaba a servir a los consumidores matutinos la dosis de fuerte licor, prólogo obligado de la labor cotidiana.