En el Sagrario sonaron las cuatro y media, y de la calle de Tacuba salió un jinete que cruzó al trote la plaza Mayor y vino en línea recta a detenerse a la puerta del palacio de la Presidencia, custodiada por dos centinelas.
—¿Quién vive? gritó uno de éstos.
—Amigo, respondió el jinete.
—Pase V. de largo.
—No por mi vida, repuso el jinete; aquí es a donde me llaman mis asuntos.
—¿Quiere V. entrar en palacio?
—Sí.
—Es demasiado temprano; vuelva V. dentro de dos horas.
—Sería muy tarde; necesito entrar ahora mismo.
—¡Bah! profirió en tono de zumba el centinela; y dirigiéndose a su compañero, añadió: ¿Qué dices tú a eso, Pedrito?