Precedido del capitán, el jinete atravesó gran número de piezas que a pesar de lo temprano de la hora estaban ya llenas de gente, no de visitantes, sino de oficiales de todas graduaciones, de senadores y consejeros de la Suprema Corte que parecían haber pasado la noche en palacio.
La mayor agitación reinaba en los grupos, compuestos de militares, miembros del clero y representantes del alto comercio, y todos, aunque en voz baja, hablaban con cierta viveza y manifestaban en sus fisonomías un recelo sombrío.
El capitán y su acompañado llegaron por fin a la puerta de un gabinete custodiado por dos centinelas, y por delante de la cual se estaba paseando un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello.
—Ha llegado V., señor, dijo el capitán al desconocido.
—No me queda sino despedirme de V. y darle las más expresivas gracias por su atención, contestó aquél.
El jinete cruzó un saludo con el capitán, que se volvió al cuerpo de guardia.
—Su excelencia no puede recibir en este instante; esta noche ha celebrado consejo extraordinario, y quiere estar solo; éstas son sus órdenes, dijo el ujier saludando con sequedad al desconocido.
—Pues va a hacer una excepción en mi pro su excelencia, repuso cortésmente el jinete.
—Lo dudo, señor, replicó el ujier; la orden es general y no me atrevería a faltar a ella.
El desconocido pareció reflexionar, mientras el ujier le contemplaba admirado de que perseverase en quedarse allí.