—Comprendo, señor, dijo por fin y levantando la cabeza el jinete, cuan sagrada es para usted la orden que ha recibido, y por lo tanto no intento inducirle a que falte a ella; sin embargo, como el motivo que me trae reviste la mayor gravedad, le ruego me dispense un favor.

—Para complacerle haré cuanto sea compatible con los deberes de mi cargo, contestó el ujier.

—Gracias, señor; por otra parte le garantizo que pronto va V. a tener una prueba de que en lugar de recibir V. una reprimenda, su excelencia el presidente le agradecerá que me haya dejado entrar.

—Ya he tenido el honor de hacerle observar señor...

—Déjeme que le explique lo que deseo de V., interrumpió con viveza el desconocido, luego ya me dirá si puede o no hacerme el favor que deseo.

—Dice V. bien.

—Voy a escribir cuatro letras en un pedazo de papel, y el papel ese lo pone V. ante los ojos del presidente, sin pronunciar palabra alguna; si su excelencia no le dice a V. nada, me retiro; ya ve que no es dificultoso lo que solicito y que no quebranta V. de ningún modo las órdenes que ha recibido.

—Cierto es, repuso el ujier sonriendo; pero les doy una interpretación torcida.

—¿Halla V. dificultades?

—¿Tan necesario es que vea V. a su excelencia esta mañana? repuso el ujier, sin responder a la pregunta que acababa de dirigirle el desconocido.