—Señor don Livio, respondió éste en voz grave, porque aunque V. no me conozca a mí yo sí a V.; sé hasta dónde llega su devoción al general; pues bien, por mi honor le juro que es urgente por modo gravísimo que yo le vea sin perder instante.
—Basta, señor, repuso seriamente el ujier, si sólo depende de mí, dentro de un minuto va usted a verle; en esa mesa hay papel, pluma y tinta; escriba V.
El jinete dio las gracias al ujier, tomó una pluma y en gruesos carácteres escribió casi en el centro de una blanca hoja esta sola palabra:
ADOLFO .°.
seguida de tres puntos en forma de triángulo; luego entregó la hoja abierta al ujier, diciéndole:
—Tome V.
—¡Cómo! exclamó aquél con pasmo, V. es...
—¡Silencio! repuso el desconocido llevándose un dedo a los labios.
—Entrará V., dijo el ujier, levantando la cortina y abriendo la puerta, tras la cual desapareció.
Casi al mismo instante se abrió de nuevo la puerta, y del interior del gabinete partió una voz sonora, que no era la del ujier, y que repitió por dos veces: