—¿Demasiado tarde? ¿Cómo es eso? ¿Acaso no me cree V. capaz de tomar un ruidoso desquite sobre mis enemigos?

—Le creo a V. capaz de todas las acciones nobles y grandes, general, respondió don Adolfo; pero por desgracia la traición le cerca a V. estrechamente y sus amigos le abandonan.

—Le sobra a V. la razón, dijo el general con amargura; el clero y los comerciantes acaudalados, de quienes me he constituido en égida, a quienes he defendido siempre y en todas partes, dejan egoístamente que gaste todos mis recursos en protegerles, sin dignarse venir en mi ayuda. ¡Ah! pronto van a echarme de menos, si, lo que es muy probable, sucumbo por su culpa.

—Es verdad, mi general, y en el consejo que celebró V. esta noche, indudablemente se ha convencido V. definitivamente de las intenciones de esos hombres a los cuales se lo ha sacrificado V. todo.

—Sí, profirió el presidente frunciendo el cejo y recalcando amargamente sus palabras; a cuantas peticiones les he dirigido y a todas mis observaciones, sólo me dieron una respuesta: «No podemos.» No parecía sino que obedecían a un santo y seña.

—¿Entonces su posición de V., general, y dispénseme la pregunta, debe ser por demás crítica?

—Diga V. más bien precaria, amigo mío; el tesoro está completamente exhausto, sin que me sea posible llenarlo de nuevo; el ejército, que hace dos meses no ha recibido paga alguna, murmura y amenaza desbandarse, y mis oficiales se pasan uno tras otro al enemigo, el cual avanza a marchas forzadas sobre Méjico. Ésta es limpia y claramente mi situación, ¿qué le parece a V.?

—Triste, terriblemente triste, general, respondió don Adolfo. Dispénseme V. que le dirija una pregunta: ¿qué piensa V. hacer para contrarrestar el peligro?

En lugar de responder, el presidente dirigió al soslayo una mirada penetrante a su interlocutor.

—Pero antes de seguir adelante, repuso don Adolfo, permítame V. que le dé cuenta de mis operaciones.