—¡Oh! profirió Miramón sonriendo, estoy convencido de que han sido afortunadas.
—Tal espero que va a hallarlas vuecencia. ¿Me autoriza V. para que se las relate?
—Diga, diga V., amigo mío, tengo comezón de saber lo que ha hecho V. en pro de nuestra noble causa.
—Dispense V., general, repuso con viveza don Adolfo, no paso de ser un aventurero y mi devoción radica personalmente en V.
—Bien, bien, yo me entiendo, arguyo Miramón; a ver, diga V.
—En primer lugar, dijo don Adolfo, he logrado arrebatar al general Degollado los restos de la conducta robada por él en la Laguna Seca.
—Bravo, esto es en buena lid; con el dinero de la conducta esa me quitó Guadalajara. ¡Oh! Castillo; en fin, ¿y cuánto poco más o menos?
—Doscientos setenta mil duros.
—No es despreciable la suma.
—¿Verdad que no? Luego sorprendí al bandido Cuéllar, después a su asociado Carvajal y por fin a su amigo Felipe Irzabal, sin mentar algunos secuaces de Juárez a quienes su mala estrella colocó en mi camino.