—En resumen, dijo Miramón, el total de esos encuentros asciende a...

—Más de novecientos mil duros; los guerrilleros del íntegro Juárez saben tundir, obran a sus anchas y se aprovechan para enriquecerse grandemente en este río revuelto; en resumen, le traigo a V. un millón doscientos mil duros que serán conducidos acá antes de una hora, a lomo de mula, y podrá V. ingresarlos en su tesoro.

—¡Pero esto es magnífico! exclamó Miramón.

—Se hace lo que se puede, general, repuso don Adolfo.

—Demontre, si todos mis amigos recorriesen el campo con tan buenos resultados, pronto me vería rico y en estado de sostener vigorosamente la guerra; por desgracia no sucede así, pero esta cantidad añadida a la que he logrado procurarme por otro lado, forman una suma bastante redonda.

—¿De qué otra cantidad está V. hablando, general? ¿Ha hallado V. dinero?

—Sí, respondió con cierta vacilación el presidente; un amigo mío, agregado a la embajada española, me ha sugerido un medio.

Don Adolfo dio un brinco cual si le hubiese mordido una serpiente.

—Cálmese V., amigo mío, dijo Miramón con viveza; sé que es V. enemigo del duque; sin embargo, éste, desde que se encuentra en Méjico, me ha prestado importantes servicios.

El aventurero, que estaba pálido y sombrío, no respondió palabra. En cuanto a Miramón, leal como era y sintiendo necesidad de disculparse de una mala acción hija únicamente de la apurada situación en que se encontraba, continuó: