—Después de la derrota de Silao y cuando todo me abandonaba a la vez, el duque ha logrado hacerme reconocer por el gobierno de España, lo que no puede V. negar me ha sido utilísimo.
—No digo que no, general. ¡Oh Dios! ¿luego es cierto lo que me han dicho?
—¿Y qué le dijeron a V.?
—Que ante la obstinada negativa del clero y del alto comercio de prestarle a V. ayuda y reducido al último extremo, había tomado V. una determinación terrible.
—Es cierto, contestó el presidente bajando la cabeza.
—Pero tal vez no sea demasiado tarde todavía; con el dinero que le traigo ha cambiado su situación de V., y si V. lo consiente, voy...
—Escuche V., dijo Miramón asiendo del brazo a su amigo.
En esto se abrió la puerta.
—¿No he prohibido que se me moleste? dijo el presidente al ujier que estaba inmóvil e inclinado delante de él.
—El general Márquez, excelentísimo señor, respondió el ujier con la mayor impasibilidad.