Miramón se estremeció, le subió al rostro un ligero rubor y dijo:

—Que entre.

El general Márquez se presentó en el gabinete.

—¿Y bien? le preguntó el presidente.

—Ya está, respondió lacónicamente el general; el dinero ha ingresado en el tesoro.

—¿Qué sucedió? repuso Miramón con imperceptible temblor en la voz.

—Vuecencia me envió orden para que con una fuerza respetable me dirigiera a la legación de S. M. británica, exigiese del representante inglés la entrega inmediata de los fondos destinados a pagar a los tenedores de bonos de la deuda inglesa, y les hiciese observar que en las circunstancias actuales vuecencia necesitaba de dicha cantidad para poner la ciudad en estado de defensa; además, en nombre de vuecencia le empeñé mi palabra de que le restituiría la mentada cantidad, que sólo debía ser considerada como un préstamo por algunos días, ofreciéndole, por otra parte, concertar con vuecencia la forma del pago en el modo que a él más le pluguiese. A todas mis observaciones, el representante inglés se limitó a responder que el dinero no le pertenecía, que no era sino el depositario responsable de él y que le era imposible soltarlo. Yo, conociendo que todas mis observaciones iban a estrellarse ante una resolución inquebrantable, después de una hora de pláticas inútiles resolví llevar a cabo la última parte de las órdenes que me habían sido transmitidas: así pues, ordené a mis soldados que rompiesen el sello oficial y las cajas de la legación y me apoderé de todo el dinero que en ellas había, cuidando empero de hacerlo contar por dos veces y ante testigos, para que constase de un modo indudable el importe total de la cantidad que me apropiaba, a fin de devolverla íntegra más adelante. El dinero que me llevé y se encuentra ya en palacio, asciende a un millón cuatrocientos mil duros.

Después de esta narración sucinta, el general Márquez se inclinó como hombre que está convencido de haber cumplido con su deber y que espera las gracias.

—¿Y el representante inglés, qué hizo Entonces? preguntó el presidente.

—Después de haber protestado arrió su pabellón, y seguido de todo el personal de la legación abandonó la ciudad, declarando que rompía toda clase de relaciones con el gobierno de vuecencia, y que ante el inicuo acto de expoliación de que acababa de ser víctima, que así se expresó, se retiraba a Jalapa, en cuyo punto aguardará las nuevas instrucciones del gobierno británico.