Don Jaime asió del brazo a Loick, se lo llevó al interior de la casa, y le preguntó:

—¿Tienes hambre? ¿sed?

—Tanto me apremiaba el llegar, respondió el ranchero, que hace tres días que no como ni bebo.

—Descansa y come, repuso don Jaime; luego me contarás lo ocurrido.

Las dos damas se apresuraron a colocar delante del ranchero pan, carne y pulque.

Mientras Loick tomaba el alimento de que tan premiosa necesidad sentía, don Jaime se paseaba descompasadamente de un extremo al otro del comedor.

Se nos olvidaba decir que las dos damas se habían retirado discretamente a una señal de su deudo, dejándolo a solas con Loick.

—¿Has concluido? preguntó el aventurero, al ver que su interlocutor había dejado de comer.

—Sí, respondió el ranchero.

—¿Ahora te sientes con fuerzas para contarme como ha sucedido la catástrofe?